23 diciembre 2012

271 - EL REGALO PERFECTO DE NAVIDAD

Cuando llegan las Navidades, bueno mejor dicho, cuando el mes de noviembre está en su mitad, los comercios empiezan un bombardeo interminable, que algún día va a llegar a empezar en agosto, de espíritu navideño. La gente, con la que está cayendo, no quiere ni oír hablar de compras, unas veces por falta de medios económicos, otras por falta de ganas, otras por falta de motivación, otras por solidaridad con los que lo pasan mal y las menos por avaricia, pues hoy en día la avaricia no sólo rompe el saco, sino la puerta de casa, de la oficina, del portal, de la joyería, los bolsillos de los potentados, las cuentas bancarias de los cargos electos a dedo, el colchón de los que piensan que cuando mueran se van a llevar el dinero consigo al otro mundo... y miles de etcéteras más.Y yo me encuentro entre ellos, entre los que no quieren oír hablar de Navidad hasta que no llegue el momento oportuno.

Mi situación personal, desde hace algunos años, desde que los chicos son mayores exactamente, es la de los que se agobian al ver que ya empiezan las luces callejeras, las prisas, los escaparates a llenarse de bolas de nieve y maniquís enfundados en pieles y abrigos, los espumillones y los, cada vez menos, muñecos de Santa Claus colgando de los balcones. Todos los años me resisto a bajar en el puente de la Constitución la parafernalia navideña, pues pretendo dejarlo para lo último, ultimísimo, pero la juventud de la casa comienza su monserga habitual de estas fechas y me achucha para que suba al camarote a por el arbolazo, el belén, las luces, las cintas, los adornos, las coronas... En fin, que no hay más remedio que chuparse todos los años el fatídico viaje a lo más profundo del camarote y decidir si ponemos las bolas blancas, las rojas y oro, o este año vamos de plata.

El caso es que una vez puesto el árbol te acostumbras a verlo enseguida, como si hubiera estado allí toda la vida, y hasta te hace gracia que las lucecitas azulonas de leds se enciendan solitas y hagan destellos más o menos acompasados con una música inaudible, porque, ya sólo me faltaba, tener que oír esa especie de música de gato con el rabo pisado tarareando villancicos repetitivos hasta la saciedad. NO, ESO NO. La dichosa música, en mi casa, es inaudible, el volumen está a cero patatero, faltaría más!!!

Y luego, cuando llega el momento de quitarlo, hasta te da un poquillo de pena, ¿o es vaguería? y ¡hala! otra vez con los bartulos para arriba, el arbolazo, el belén, las luces, las cintas, los adornos, las coronas... (creo que me repito). Y otra vez a meter la cabeza y a dejar la mitad de las vértebras lumbares en la zona abuhardillada del camarote hasta el año que viene, murmurando y maldiciendo entre dientes y jurándote, falicia pura, que en las navidades de ese año no lo piensas volver a repetir.

En las Navidades los anunciantes agudizan el ingenio para despertar a ese consumidor adormilado que está cansado de que le vendan todo. Y la verdad es que los creativos hacen un gran esfuerzo y salen campañas excelentes, en diseño, en mensaje y en producción. Este anuncio no es de los mejores, pero su chispa es clara. ¡Que lo disfrutéis!

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