23 enero 2011

33 - Placeres incuestionables

Entre las pequeñas cosas que me relajan y me sacan de la rutina diaria están quitar pelusas de la ropa, explotar bolitas de plástico y arrancar las etiquetas de los frascos. Hay un mundo en esto de la etiqueta. Por un lado, debes acabar el producto concreto y después mirar las opciones que tiene de reutilización del envase. Si el envase puede servir para algo, entonces hay que proceder a la retirada de la etiqueta comercial, ¡con la pasta que se ha gastado la fábrica para identificar sus productos!.
La retirada de la etiqueta depende de la misma y del pegamento que hayan usado para adherirla al frasco o botella correspondiente.

Las hay que se quitan con agua caliente: se pone el frasco en un recipiente con agua caliente y a la media hora se retira sin complicaciones.

Las hay que se quitan difícilmente: tiras de ellas y dejan un rastro que hay que eliminar con petróleo o con alcohol de quemar. Estas son muy latosas.
Las hay que se quitan tirando de ellas: estas son las mejores, tiras de una esquina y con un alarde de fuerza y destreza combinadas, consigues arrancarla y que no queden residuos en el bote de plástico, que es donde suelen estar.

La diversión está en estas últimas, y consiste en tirar poco a poco, mirando por donde sale mejor, oír el ruidillo que hace al arrancarse, y dejar peladito todo el bote. Como suelen ser etiquetas autopegables, la misma bola de etiqueta arrancada te sirve para arrancar los posibles restos que te quedan. ¡Es una maravilla! Cuando acabas te sientes pletórico, lleno de paz, en conjunción con el Universo y conforme con uno mismo. Casi es tan placentero como arrancar el esmalte de las uñas cuando se han dado por lo menos tres capas.

En casa casi todos nos dedicamos a este inmenso lujo, aunque algunos sólo arranquen las etiquetas de los yogures cuando se está viendo una interesante película y provoquen el KAOS auditivo más insoportable del Universo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada