Hasta hace unos años Islandia mantenía en vigor una de las leyes más locas del mundo: permitía matar vascos en el país.
El gobierno local de una región al oeste de Islandia por fin ha ilegalizado la ley del siglo XVII que permitía "asesinar a cualquier vasco".
Así, aunque la noticia no deja de resultar curiosa, el caso es que este año se conmemora con numerosos actos la reconciliación cuando se cumple el 400 aniversario de la matanza de un grupo de balleneros vascos en el siglo XVII.
Esta matanza en Islandia, la matanza 'Baskavígin' de 1615, es uno de los episodios más oscuros y trágicos de la historia del país. Todo ocurrió cuando un grupo de balleneros vascos, que habían viajado a Islandia a la pesca de cetáceos, se vio obligado a pasar allí el invierno cuando un vendaval destrozó sus buques.
La hostilidad hacia los extranjeros causó numerosos conflictos con la población local de la región de Vestfiroir, que terminaron con el asesino colectivo de todos los 'españoles' que no huyeron a tiempo como consecuencia del duro invierno. Un crimen instigado por las autoridades locales que provocó la brutal muerte de 32 hombres.
Veamos cómo sucedió todo...
Para comprender el edicto "anti vascos" de 1615 hay que conocer su contexto. De entrada, la Islandia de comienzos del XVII era bastante diferente a la de ahora. No era un país independiente (status que no alcanzó de hecho hasta siglos más tarde, en 1944) y su control estaba en manos de gobernadores regionales amparados por el rey de Dinamarca, cargo que desde 1588 ejercía Cristián IV.
En lo que se refiere a la economía, en la época había un negocio lucrativo que interesaba especialmente a la Corona danesa: la caza de ballenas en el Atlántico Norte.
De los enormes cetáceos capturados en el mar se aprovechaban la carne, los huesos, el esperma e incluso las barbas, muy apreciadas para la elaboración de varillas para paraguas, sombrillas y corsés. Si había un recurso de las ballenas apreciado era sin embargo su aceite. Entre otros fines, se usaba para iluminar casas y la fabricación de jabón, lubricanes y fármacos. Tan apreciada era la grasa de las ballenas que hay quien la equipara a nuestro petróleo.
Se sabe de incursiones por el litoral vasco para capturar cetáceos ya en el XI, entre el XII y XIV los cazadores se expandieron por el resto de la costa cantábrica y hacia los siglos XVI y XVII los balleneros vascos ya buscaban presas en las aguas del entorno de Groenlandia e Islandia. Hay pruebas que los sitúan allí al menos en 1604 y antes ya habían dejado huella en Terranova y Labrador.
Un negocio disputado. El problema es que los marineros vascos no eran los únicos interesados en el aceite de ballena, un valiosísimo recurso que ambicionaba también el rey de Dinamarca y Noruega.
En abril de ese mismo año se prohibió a los marineros de Euskadi cazar ballenas en aguas de Islandia. Y para dejar claro que las autoridades danesas iban en serio se dictó el famoso (y terrible) edicto que daba carta blanca para perseguir, asaltar, robar y matar a navegantes vascos. Por supuesto, también se prohibió a los islandeses que trabasen amistad o comerciasen con los balleneros de España.
Del papel… a la matanza Baskavígin. El edicto del siglo XVII que permitía cazar y asesinar marineros vascos en Islandia podría haberse quedado en una excentricidad legal sin más si no fuera porque, hacia finales de 1615, decidieron aplicarla con toda su dureza en el extremo oeste de la isla. Y eso dio pie a una de las masacres más sanguinarias de la historia del país, una que todavía sigue presente en el recuerdo de los lugareños. Su nombre: Baskavígin o Spánverjavígin.
Sus involuntarios protagonistas fueron los tripulantes de tres navíos que habían zarpado desde aguas vascas para cazar ballenas y zozobrando en el noroeste de Islandia durante un temporal. En total acabaron atrapados en la isla 83 marineros. Para sobrevivir se dedicaron a apropiarse de ganado de los aldeanos, lo que llevó a un pastor a alertar al gobernador de las provincias de Ísafjörður y Strandir, un dirigente de talante autoritario llamado Ari Magnusson.





























