08 marzo 2026

835 - LEY (derogada) PARA MATAR VASCOS

Hasta hace unos años Islandia mantenía en vigor una de las leyes más locas del mundo: permitía matar vascos en el país.

El gobierno local de una región al oeste de Islandia por fin ha ilegalizado la ley del siglo XVII que permitía "asesinar a cualquier vasco".

Así, aunque la noticia no deja de resultar curiosa, el caso es que este año se conmemora con numerosos actos la reconciliación cuando se cumple el 400 aniversario de la matanza de un grupo de balleneros vascos en el siglo XVII.

Esta matanza en Islandia, la matanza 'Baskavígin' de 1615,  es uno de los episodios más oscuros y trágicos de la historia del país. Todo ocurrió cuando un grupo de balleneros vascos, que habían viajado a Islandia a la pesca de cetáceos, se vio obligado a pasar allí el invierno cuando un vendaval destrozó sus buques.

La hostilidad hacia los extranjeros causó numerosos conflictos con la población local de la región de Vestfiroir, que terminaron con el asesino colectivo de todos los 'españoles' que no huyeron a tiempo como consecuencia del duro invierno. Un crimen instigado por las autoridades locales que provocó la brutal muerte de 32 hombres.

Veamos cómo sucedió todo...

Para comprender el edicto "anti vascos" de 1615 hay que conocer su contexto. De entrada, la Islandia de comienzos del XVII era bastante diferente a la de ahora. No era un país independiente (status que no alcanzó de hecho hasta siglos más tarde, en 1944) y su control estaba en manos de gobernadores regionales amparados por el rey de Dinamarca, cargo que desde 1588 ejercía Cristián IV.

En lo que se refiere a la economía, en la época había un negocio lucrativo que interesaba especialmente a la Corona danesa: la caza de ballenas en el Atlántico Norte.

De los enormes cetáceos capturados en el mar se aprovechaban la carne, los huesos, el esperma e incluso las barbas, muy apreciadas para la elaboración de varillas para paraguas, sombrillas y corsés. Si había un recurso de las ballenas apreciado era sin embargo su aceite. Entre otros fines, se usaba para iluminar casas y la fabricación de jabón, lubricanes y fármacos. Tan apreciada era la grasa de las ballenas que hay quien la equipara a nuestro petróleo.

Se sabe de incursiones por el litoral vasco para capturar cetáceos ya en el XI, entre el XII y XIV los cazadores se expandieron por el resto de la costa cantábrica y hacia los siglos XVI y XVII los balleneros vascos ya buscaban presas en las aguas del entorno de Groenlandia e Islandia. Hay pruebas que los sitúan allí al menos en 1604 y antes ya habían dejado huella en Terranova y Labrador.

Un negocio disputado. El problema es que los marineros vascos no eran los únicos interesados en el aceite de ballena, un valiosísimo recurso que ambicionaba también el rey de Dinamarca y Noruega.

En abril de ese mismo año se prohibió a los marineros de Euskadi cazar ballenas en aguas de Islandia. Y para dejar claro que las autoridades danesas iban en serio se dictó el famoso (y terrible) edicto que daba carta blanca para perseguir, asaltar, robar y matar a navegantes vascos. Por supuesto, también se prohibió a los islandeses que trabasen amistad o comerciasen con los balleneros de España.

Del papel… a la matanza Baskavígin. El edicto del siglo XVII que permitía cazar y asesinar marineros vascos en Islandia podría haberse quedado en una excentricidad legal sin más si no fuera porque, hacia finales de 1615, decidieron aplicarla con toda su dureza en el extremo oeste de la isla. Y eso dio pie a una de las masacres más sanguinarias de la historia del país, una que todavía sigue presente en el recuerdo de los lugareños. Su nombre: Baskavígin o Spánverjavígin.

Sus involuntarios protagonistas fueron los tripulantes de tres navíos que habían zarpado desde aguas vascas para cazar ballenas y zozobrando en el noroeste de Islandia durante un temporal. En total acabaron atrapados en la isla 83 marineros. Para sobrevivir se dedicaron a apropiarse de ganado de los aldeanos, lo que llevó a un pastor a alertar al gobernador de las provincias de Ísafjörður y Strandir, un dirigente de talante autoritario llamado Ari Magnusson.

Una matanza sangrienta. No se sabe hasta qué punto fue veraz la carta del pastor, pero sí que Magnusson vio en ella la oportunidad ideal para aplicar con todo el peso de la ley el edicto danés. En octubre convocó a una docena de jueces que dieron luz verde a ejecutar las órdenes dictadas por el rey Cristián IV y asesinar a los náufragos vascos.

De los 83 marineros que arribaron a las costas islandesas, 51 consiguieron escapar de la isla, pero los otros 32 acabaron masacrados. Aunque se separaron en dos grupos, no lograron sobrevivir. 13 fueron asesinados ya el 5 de octubre, antes incluso de que los jueces activasen el edicto, a manos de aldeanos que los confundieron con piratas. Al resto los mató sin piedad la turba dirigida por Mganússon, que no dudó en recurrir a piedras, barcas y armas blancas y de fuego para darles caza y acabar con sus vidas. Algunas crónicas aseguran que mutilaron los cadáveres y los pasearon por las aldeas.

¿Y por qué esa saña? Se sabe que Mganússon era un gobernador inflexible, pero lo ocurrido en el otoño de 1615 tiene poco que ver con su celo como legislador. Probablemente lo que buscaba al ejecutar a los vascos no era cumplir la ley danesa, sino borrar las huellas de sus propios delitos. Haciendo oídos sordos a las órdenes de Cristian IV, hasta entonces el dirigente isleño había hecho la vista gorda con los balleneros vascos a cambio del cobro de comisiones.

El problema es que los naufragios de 1615 y lo ocurrido al oeste de Islandia lo pusieron en un brete. Si aquellos sucesos llegaban a oídos del monarca y se ahondaba en lo que había ocurrido hasta entonces en la isla (y su propio papel desoyendo las órdenes reales), se arriesgaba a ser él mismo el que acabase en el cadalso. Su solución: ser inflexible. Y aprovechar lo ocurrido para demostrar que si había alguien que hiciera cumplir los edictos en Islandia era él.

Y 400 años después… Aquello ocurrió en 1615. Terminó el siglo XVII, el XVIII, el XIX, llegó el XX e Islandia logró convertirse primero en una región autónoma y más tarde en un país independiente, se cambió incluso de milenio… y nadie volvió a acordarse de revocar la norma activada para mantener alejados a los balleneros vascos de la isla. Así fue al menos hasta 2015, cuando aprovechando el 400 aniversario de la matanza de Baskavígin se celebró un homenaje y se anuló el decreto del XVII, aunque fuera con carácter simbólico.

La placa que recuerda lo sucedido en Holmavik la descubrieron dos personas ligadas en cierto modo a Baskavígin: un descendiente de uno de los navegantes asesinados y otro de uno de los autores de la matanza. Una prueba más de que los tiempos han cambiado y, por fin, los vascos ya pueden desembarcar en la isla para admirar sus paisajes sin miedo a perder la vida.

xataka

No hay comentarios:

Publicar un comentario